Me desperté justo cuando los últimos rayos de sol desaparecían por el horizonte, como todas las noches.

Hice una pequeña pausa para recordar dónde estaba.

Me encontraba en el laboratorio del torturador que matamos ayer. En una ciudad lúgubre y abandonada.

Con un niño de pocos años dormido y descansando, después de todo lo que había sufrido, en un camastro a mi lado.

Y con muchas dudas que resolver.

Así que antes de subir a reunirme con todos decidí echar un vistazo a la habitación.

Encontré numerosos frascos con vísceras y restos humanos muy bien conservados. También había varios diarios con anotaciones médicas.

Describían como causarle dolor a alguien sin matarlo, pero a diferencia de los tratados sobre tortura que había leído, no nombraba nada sobre la manera más eficiente de obtener información, sino que describía detalladamente la manera de infligir dolor por el mero hecho de causarlo a un ser vivo.

¿Qué clase de monstruo vivía aquí? ¿Qué clase de depravado era capaz de infligir dolor a otro ser humano? Vale que yo durante una época muy oscura de mi vida era así, incluso llegué a matar niños, pero no los torturaba por placer. A los niños no.

Aunque debo decir que los tratados eran muy extensos y estaban muy bien detallados.

Quizás podría llegar a usar estos libros para aprender más cosas sobre los avances en el conocimiento sobre cuerpo humano y cómo reacciona al dolor, para aprender cómo tratarlo más eficientemente. Al fin y al cabo, nunca he dejado de ser médico.

Después de un rato investigando subí a la planta baja. Allí se encontraban Henry y Victoria desayunando juntos.

Se notaba que había algo entre ellos. Las miradas, los susurros. Destilaban complicidad.

Echo de menos a mi fiel Rocco. ¿Qué habrá sido de él? ¿Estará vivo? ¿Tuvo una muerte honorable? Cuando salga de aquí debo averiguar que ha sido de él.

– Gutte Nacht – dije

– Buenas noches Markus – respondió Henry – ¿Cenas con nosotros? Hemos conseguido un poco de sangre. Tengo suficiente para los dos

– Danke schön, maese Henry, sería un honor cenar con ustedes, pero debo rechazar la invitación. Yo no me alimento de humanos. Prefiero otra cosa

Me di la vuelta y bajé al sótano. Con tantas emociones, me había olvidado de preparar mi desayuno.

El cadáver del dueño de la casa aún se encontraba en el sitio en el que Noa lo había arrojado. El cuerpo estaba completamente desangrado, vacío y pálido como la Luna.

No tenía ni una sola gota de sangre en su interior. Al menos no para alguien inexperto.

Pero un ladrón de tumbas como yo tenía sus recursos. Empecé a hacer el ritual del Bluttot y a los pocos segundos empezó a brotarle toda la sangre que le quedaba por la boca.

Me acerqué y saqué un par de frascos y los rellené. Me tomé uno y guardé el otro.

Volví a subir las escaleras y me reuní con los demás. Noa ya se había despertado y estaba desayunando con los demás.

Parece ser que se había peleado con alguien, porque llevaba la ropa rota. La blusa se había quedado sin mangas y sin hombros. Me pregunto cómo podía sujetarse la camisa sin los tirantes de los hombros, aunque viendo el tamaño y la turgencia de sus senos, no era difícil saber qué hacía tope. La parte inferior dejaba al descubierto todo el ombligo.

La falda, que ya de por si era corta, se había encogido aún más, apenas tapando nada.

La falda, que ya de por si era corta, se había encogido aún más, apenas tapando nada. Obviamente seguía sin llevar las enaguas propias de una dama, por lo que sus largas y bonitas piernas quedaban completamente al descubierto.

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