Después de una hora de viaje, acabé llegando a la parte de lo que en mis tiempos sería la parte de Intramuros, es decir, la parte de la ciudad que estaba protegida por la muralla.

Pero eso era algo difícil de atestiguar, ya que habían derribado la muralla.

Únicamente habían dejado la puerta de Serranos, la que comunicaba la ciudad con los caminos reales de Zaragoza y Barcelona.

Y lo más curioso de todos es que ¡las puertas estaban abiertas de noche! ¿Cómo iban a defender la ciudad? ¿Cómo iban a proteger a sus ciudadanos de las amenazas nocturnas?

Aunque bien pensado, eso me evitaba el tener que encontrar la manera de colarme en la ciudad.

Al ir hacía la puerta de Los Serranos, me sorprendió muchísimo ver que el río Turia que delimitaba la ciudad por el norte, ahora la atravesaba por en medio y que se encontraba completamente seco.

Pero eso no fue lo que más me extrañó. El lecho estaba cubierto de esos extraños fanales sin llama que se veían por toda la ciudad y convertido en una especie de jardín urbano.

Y, además, en vez de llevar un buen caudal de agua como en mis tiempos, ahora llevaba gente corriendo o paseando al perro. ¡Qué curioso!

Me pregunté qué más cosas habrían cambiado, mientras apuraba las últimas leguas que me faltaban para llegar a la iglesia. Tuve suerte de que fuera una noche fría, así que no me encontré a demasiada gente.

La iglesia había crecido muchísimo, y era más que digna de llevar el nombre de catedral. Era el doble, o el triple, de grande que la última vez que la vi.

Me acerqué a la puerta de los Apóstoles, a ver si me encontraba con la persona que me había escrito la nota que estaba en mi antiguo laboratorio.

No vi a nadie, así que rodeé la catedral. Pero nada, no había ni un alma, así que decidí ir a la entrada principal a esperar a mi misterioso contacto.

Mientras esperaba en la puerta de la catedral oí un ruido extraño por los alrededores.

Me concentré en el lugar en el que lo había escuchado y gracias a mis sentidos sobrehumanos pude ver dos figuras escondidas.

La primera era la de un hombre moreno, de rasgos nobles, de mediana estatura y complexión delgada, aunque parecía que se encontraba en buena forma física.

Sus gestos y su aura pálida me indicaron qué se trataba de un vampiro, como yo, aunque no pude reconocer el linaje al que pertenecía.

A su lado había una mujer, rubia y de tez morena, de complexión atlética y que olía indudablemente a vivo.

Me fijé en que su aura destilaba un brillo inusual, lo que denotaba una fuerza vital increíble. Y aunque esa aura no es lo normal en un sirviente vampírico, supuse que lo sería.

– Gute nacht, ¿estáis esperando a alguien? – les dije en mi mejor castellano.

Vi por sus auras que se sobresaltaron.

– Buenas noches – contestó el hombre mientras salía de su escondrijo – Me presentaré, mi nombre es Henry Fitzpatrick y por vuestro acento veo que sois alemán. Mi compañera y yo conocemos esa lengua. Si queréis, podemos hablar en ella si os es más cómodo

Estupendo, me tengo que encontrar a un maldito inglés en Hispania, y encima se quiere hacer el amable diciendo que sabe hablar mi idioma, aunque yo no sé qué es eso del alemán. Me imagino que será como llaman ahora al bávaro.

– Muchas gracias. Mi nombre es Markus Johann Zellwegger… Giovanni. Acabo de llegar de la Germania inferior, del Ducado de Baviera.  Soy miembro del Sacro Imperio Romano Germánico, y había quedado aquí con unas personas, ¿sois vos?

– ¿Germania inferior? – se quedó pensando – que manera más extraña de hablar tenéis. Pero sí, es probable que seamos nosotros, puesto que hemos recibido una nota diciendo que teníamos que acudir a la catedral a encontrarnos con alguien

¿Ellos también habían recibido la nota? Entonces no son a quien estoy esperando, aunque parece ser que los tres hemos sido citados por la misma persona.

– Ejem, Henry, no se te olvida algo, o alguien – dijo la mujer

– Oh sí, claro. Perdonad mi descortesía, esta es mi compañera y amiga, Victoria Cox. Vicky para los amigos

– Un placer, Fräulein Cox – dije mientras le hacía una reverencia

– Este sitio no es seguro, vamos a mi casa, que no está muy lejos, y así podremos hablar más tranquilamente sobre la invitación y las razones que nos han traído aquí – dijo el hombre

– Un momento – dije – ¿no deberíamos esperar a ver si aparece la persona que nos ha enviado la nota?

– Querido Markus – me dijo – creo que no va a aparecer nadie. Creo que esa nota la han enviado para que nos encontráramos. Ahora hay que averiguar quién y por qué

Les seguí durante un rato por la cuidad. Estábamos en la zona que yo había conocido seiscientos años atrás, dónde se encontraba el palacio de la princesa. La distribución de las calles era prácticamente la misma, pequeñas y angostas, donde a duras penas cabía un carro tirado por dos caballos, pero los edificios eran completamente distintos. Altos y extraños, con unas cristaleras enormes, como en toda la ciudad.

DEJA UNA RESPUESTA