Era un ruido que sonaba como si algo, o alguien arrastrara los pies. Venía de una de las puertas laterales. Nos preparamos y nos pusimos en posición defensiva.

De repente se abrió una puerta y entró un hombre a trompicones. Por los ropajes que portaba parecía algún tipo de monje, aunque estaban bastante ajadas debido al paso del tiempo.

El monje aparentaba bastante edad. Andaba arrastrando una pierna, como si tuviera algún tipo de lesión en la cadera que le impidiera dominar del todo sus movimientos.

– Uscire. Scapatta – advirtió el hombre en toscano

– ¿Alguien de aquí entiende lo que dice? – inquirió Noa

– Habla toscano. Yo lo domino bastante, creo que dice que nos marchemos. Que huyamos

Acto seguido algo nos golpeó a las chicas y mí.

Yo salí despedido hacia un lateral de la habitación impactando contra una pared y dejando un pequeño agujero en ella. El resto no corrió mejor suerte. Noa se incrustó en el techo y Vicky salió despedida por la puerta, rompiéndola en mil pedazos.

El monje sacó una cruz y empezó a recitar el padre nuestro. Yo decidí acompañarle mientras me incorporaba.

Pater Noster, qui es in caelis,

sanctificetur nomen Tuum,

adveniat Regnum Tuum,

fiat voluntas tua, sicut in caelo et in terra.

 Panem nostrum cotidianum da nobis hodie,

et dimitte nobis debita nostra,

sicut et nos dimittímus debitoribus nostris;

et ne nos inducas in tentationem,

sed libera nos a malo.

Lo repetimos varias veces, cuando de repente una figura enorme y peluda entró en la sala de un salto.

Delante de nosotros había una especie de hombre lobo, pero no era como ninguno que yo hubiera visto antes.

Era un poco más pequeño de lo normal y con unos marcados rasgos leoninos con su cuerpo cubierto de un denso pelaje anaranjado sin melena, por lo que deduje que no era un hombre lobo normal, si no una mujer leona.

Otra cosa curiosa más de esta ciudad. Estoy empezando a encontrar muy a gusto en una ciudad con tantos misterios.

Ahora solo falta que la mujer leona este de nuestro bando para redondear la noche.

El monje continuaba recitando el padre nuestro, así que volví a unirme a él.

Parecía ser que nuestras plegarias surtían efecto, porque una figura se materializo delante de nosotros.

Era la forma de demonio. Con una forma bestial y retorcida, llena de cuernos y pinchos por todos los lados, con múltiples brazos y una enorme cantidad de bocas y ojos por toda la superficie.

El monje y la mujer leona inmediatamente cargaron contra el demonio, mientras yo me acercaba a ayudar a Noa, que acababa de caer del techo, a levantarse cuando el demonio hizo un rápido movimiento y se plantó delante de Noa.

Sacó unas garras enormes de la nada y le lanzó un zarpazo. Instintivamente, empujé a Noa y me puse en su lugar. Me llevé un golpe que me atravesó el pecho y dejó al descubierto las costillas, aunque no sé si eso es diferente a mi aspecto normal.

Menos mal que no necesito los pulmones para respirar porque si no, estaría muerto.

Afortunadamente, tampoco necesito respirar, porque con la otra garra me agarró la cara y empezó a aplastarme la cabeza, intentando romperme el cráneo.

No sé lo que ocurrió después, puesto que lo único que tenía en mi campo de visión era una masa vibrante de carne roja y además estaba demasiado ocupado intentando que no me rompiera el cráneo y necesitaba toda mi concentración y fuerza para pudrirle las manos, como le había hecho a Noa antes, al ser que me estaba atacando.

Oí una serie de pequeñas explosiones seguida de un chillido y me caí al suelo.

El demonio estaba tirado en el suelo con su cuerpo destrozado por pequeños agujeros junto a diversas heridas de garras y de espada.

– ¿Estáis bien? – dije mientras me levantaba

– Yo sí – dijo el monstruo gatuno

– Muchas gracias por ayudarnos, mi nombre es Markus Johann Zellwegger-Guicciardini y estos son…

– Sé quién eres Markus. Soy Vicky – conforme dijo eso, la mujer gato empezó a transformarse y a recuperar su forma humana.

– Uscire. Scapatta – repitió el monje. Y parecía muy alterado.

– Hagámosle caso al monje y marchémonos de aquí. Rápido – dije

Nos fuimos corriendo de la sala. Salieron las damas primero, y cuando estaba a punto de marcharme, por el rabillo del ojo vi una luz detrás de nosotros.

Una de las garras del demonio, la que me había atravesado el pecho, refulgía con un resplandor verdoso. Estaba en un rincón separada del resto del cuerpo, como si la hubieran cercenado.

Me acerqué, la recogí y me la guardé en la túnica. Quizás era esto lo que estaba buscando Bárroco.

– Vayamos hacía allí – señalaba la parte del muro por donde había entrado

– No. Vamos por donde hemos entrado – respondió Victoria

Se dirigieron hacia la parte sur del monasterio. Ahora lo veía, había un agujero en el muro.

¿Cómo es posible que no me hubiera percatado antes de ello?

Pues claro, debía de ser una ilusión, como la de protegía la puerta.

Probablemente la habría creado Noa para ocultar su rastro. Debo andarme con mucho cuidado con la Ladrona. No me gustan los engaños ni las ilusiones.