Llegamos a su carromato. Era como cabía esperar de un miembro de los bajos clanes. Una especie de antro móvil con ruedas, aunque por dentro era completamente distinto.

El interior era bastante acogedor. Tenía ese toque femenino que te hacía notar a primera vista que aquí vivía una mujer. Estaba todo recogido y ordenado, al menos en comparación con los sitios que yo suelo habitar. Había un pequeño camastro y un espejo, que parecía ser el único lujo de la estancia.

¡Qué diferencia con el laboratorio en el cual me había despertado!

Me recordó al tiempo que pasamos con la pobre Natalia.

También había el retrato de un hombre. Me acerqué a mirarlo con más atención, y su nivel de detalle me sorprendió. El nivel de detalle del cuadro lo hacía parecer casi real, lo que dejaba notar que el artista que lo había dibujado era un maestro entre maestros.

El hombre del cuadro era moreno, de piel olivácea, con unos profundos ojos oscuros y facciones orientales. Debía de ser su marido. Me fijé en las finas y delgadas manos de ella. No llevaba ninguna alianza puesta, ni signos de haberla llevado. Igual sería su padre.

Dejé el cuadro enmarcado en la mesa dónde lo había visto.

Noa empezó a desnudarse sin importarle que yo estuviera allí. Se quedó en paños menores, aunque no es que hubiera mucha diferencia con la ropa que llevaba antes, y se metió en la cama.

Se hizo a un lado de la cama, y con un gesto de su mano, me dio a entender que quería que me acostara a su lado.

– Ven Markus, la cama no es muy grande, pero si nos apretamos, cabremos los dos – me dijo

Me quedé en blanco. Sin saber que decir ni hacer, aparte de quedarme de pie frente a ella, mirándola con cara de estúpido. Afortunadamente, la máscara le impedía ver mi expresión.

– Bueno, ¿vas a venir a la cama conmigo o te vas a quedar ahí de pie toda la mañana mirándome con cara de tonto?

– No, creo que pasaré la mañana en esa mecedora – dije señalando una de las sillas que había en la habitación – Como buen caballero os cedo toda la cama a vos. Guten morgen, Fräulein Noa. Hasta la noche

Noa me miró con cara de enfado.

– Markus, eres un maldito idiota – su tono de voz denotaba que estaba enojada – Pues como quieras. Duerme en la mecedora – se cubrió con la sábana, se dio media vuelta y se preparó para dormir.

No entiendo la razón del enfado. Si me he comportado como debe comportarse un caballero con una dama.

Repasé mentalmente mis palabras y mis movimientos uno por uno, y no encontré ninguna falta de respeto ni mala educación en ninguna de mis acciones.

Me giré para reiterarle mis disculpas, pero ella ya estaba durmiendo.

Me acerqué donde estaba ella y le limpié con cuidado todas y cada una de las heridas que tenía abiertas con un pañuelo que encontré en el tocador, y una jofaina con agua.

Si hubiera sido una mortal, se las hubiera suturado, pero al ser una vampira no era necesario, ya que su fisonomía sobrehumana se encargaría de cerrarlas.

De hecho, prácticamente no tenía ya casi ninguna herida debajo de toda la sangre coagulada que cubría su cuerpo.

Al acabar de limpiarla, me guardé el pañuelo que había usado. Nunca se sabe cuándo iba a poder necesitarlo.

En fin, esta noche será otro día.

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