La gente que acudía a mi consulta padecía una extraña enfermedad que no había visto en mi vida, ni en mi muerte.

Los síntomas eran una extrema debilidad y cansancio, pese a que físicamente estaban bien y no tenían nada raro.

Al poco tiempo de someterse a mis cuidados, que incluían diversas infusiones de hierbas y reconstituyentes, mejoraban sustancialmente, pero al poco de dejar el tratamiento, volvían con más fuerza los síntomas.

Al principio no tenía muchos enfermos, pero conforme pasaba el tiempo, el número de casos iba aumentando.

Venían todos de la misma zona, la cercana al convento, lo que me hizo sospechar de que quizás no era una enfermedad tan natural como pensaba.

Entonces empecé a observar a los pacientes con mis habilidades extrasensoriales y encontré un patrón.

Todos tenían la misma marca en su aura, una marca que me resultaba familiar, la había visto antes. Haciendo memoria recordé que era la misma impronta que la que había visto al mirar el convento cuando salí de él, así que decidí hacer un experimento.

Necesitaba un espécimen sano y fuerte, así que en los pocos momentos de tranquilidad que tenía, me fui a buscar uno.

Después de un par de días de concienzuda búsqueda lo encontré.

Era un muchacho joven y fuerte, de unos veinte años, bastante alto, rubio y de ojos azules, con una frondosa barba y espaldas anchas y fuertes. Si fuera una mujer, podría incluso decir que era muy atractivo físicamente. A simple vista no parecía tener ningún defecto ni enfermedad y su aura estaba inmaculada, así que decidí ir a por él.

Probablemente no sería rival para él en un enfrentamiento cara a cara, así que debía de evitar un enfrentamiento directo. Lo seguí hasta un callejón y allí le paralicé los músculos con el Rigor Mortis. Cuando me acerqué a él le pedí disculpas, y le expliqué que lo necesitaba por el avance de la ciencia y el bien de la ciudad.

Me lo llevé como pude a casa. Pesaba muchísimo y yo nunca había destacado por ser un portento físico. Es en estos momentos cuando más echo de menos a Rocco. Él me ayudaba con este tipo de cosas. Tendré que fabricarme un sirviente para que me ayude en mis experimentos.

Después de un buen rato llegué a mi morada. Bajé al sótano y bajé al laboratorio.

Aquí era donde el antiguo médico hacía sus experimentos y preparaba las pociones para sus horrendas prácticas. Yo lo había estado ordenando y adecuándolo más a mis gustos y necesidades. Aún distaba mucho de ser mi antiguo laboratorio de Valencia, pero me valdría para mis fines.

Ahora iba a hacerse algo horrendo, pero era por un bien mayor, así que eso lo compensaba.

Até al campesino a uno de los potros de tortura que había en el sótano para que no se moviera ni se resistiera. Le administré una de las drogas que lo dejaría adormecido el tiempo suficiente para realizar la prueba.

Una vez el sujeto estuvo bien atado y adormecido, procedí a comenzar con el experimento. Le puse la piedra que había cogido del convento en el pecho.

La idea era transferir parte de la esencia vital que tiene la piedra al sujeto, para ver cómo reacciona, y si sufre los mismos efectos que la gente que enferma por la plaga.

Lo primero que hice fue hacerlo a pequeña escala, ya que hacía mucho tiempo que no realizaba algo así. Saque un poco de mi fuerza vital y la atrape en un pequeño colgante. La prueba fue todo un éxito, así que me dispuse a comenzar el ritual, pero de repente una voz me distrajo.

  • Hola Markus, ¿qué haces? – era la voz de una niña

 

  • Hola Laura, ¿Cómo has entrado tú aquí?

 

  • La puerta de arriba estaba abierta – hizo un gesto señalando la planta superior

 

  • ¿No te ha enseñado nadie que es de mala educación entrar en casa de la gente sin permiso?

 

  • Sí que me lo han enseñado, pero tú no eres gente, eres Markus, ¿qué estás haciendo? ¿puedo ayudarte?

Lo que me faltaba una niña entrometida. Tenía que deshacerme de ella como fuera.

  • Estay intentando averiguar que le ocurre a este hombre

 

  • ¿Y por qué está atado?

 

  • Pues porque no es dueño de sus actos – mentí – y puede hacer daño a sí mismo. Si quieres ayudar, ¿me harías el favor de subir y cerrar la puerta para que no entre nadie más en casa?

 

  • Vale – subió las escaleras con una alegría y una gracia típicas de la juventud. Me cae bien esta niña. Lástima que haya tenido que engañarla

Conforme subió por las escaleras, cerré con llave la puerta del laboratorio. No quería que nadie me molestara, necesitaba de toda mi concentración, y tampoco quería que le ocurriera nada a Laura si el experimento salía mal.

Comencé a preparar el ritual. Lo primero era fue entrar en comunión con el mundo de los espíritus. Me costó bastante, puesto que aún estaba débil por la cantidad de siglos que había pasado en letargo, pero poco a poco iba recordando cómo se hacían las cosas, amén de que cada vez me iba volviendo más fuerte, recuperando el poder que se me había sido arrebatado años ha.

Lo segundo era vaciar el cuerpo huésped de toda alma, así que procedí a sacarla del cuerpo y destruirla. Primero recé una oración por el pobre “voluntario” y por su alma. Espero que el Altísimo entienda que es por un bien mayor y me perdone esta atrocidad.

La tercera parte era la más delicada, consistía en extraer la esencia vital de la piedra y meterla en el cuerpo huésped. Debía hacerlo rápido para que la energía de la piedra no perdiera nada de su fuerza.

Acaricié la piedra con mis manos y comencé a extraer poco a poco la fuerza vital que habitaba en la piedra, cuando de repente todo se volvió blanco y caí al suelo, inconsciente.

Me desperté al cabo de un tiempo. No sabía cuánto tiempo había pasado. Me dolía muchísimo la cabeza y eso era algo imposible, a los vampiros no nos pueden dar dolores de cabeza, ni ningún otro dolor típico de los mortales.

Intenté levantarme, pero no pude, estaba atado, algo alrededor de mis manos y pies no me dejaba moverme.

Hice acopio de todas mis fuerzas para tratar de liberarme y entonces escuché el crujir de la madera y el sonido producido al rasgarse el cuero.

El esfuerzo me produjo aún más dolor de cabeza y requirió de toda mi fuerza de voluntad, pero valió la pena porque me liberé de lo que me estaba aprisionando.

Caí arrodillado al suelo por el dolor, que era insoportable cuando vi que mis manos no estaban enguantadas, pero eso no era todo, lo más sorprendente fue que tenían carne, y no una carne putrefacta y marchita, si no una joven y sana.

Me levanté cuando remitió un poco el dolor y me dirigí a mirarme al espejo.

La imagen que se me mostró fue sorprendente. Estaba en el cuerpo del campesino.