Me llevó bastante tiempo leer el diario que contaba mi vida completamente, pero al terminar, había conseguido recordar todo lo sucedido en mi vida.

A mi amada Irene, mi tío, mis viajes por Europa, mis amigos, Natalia, la traición, Elektra.

Recé unas oraciones por su alma, ya que probablemente estarían muertos, de hecho, según el diario la mayoría ya lo estaban.

¿Cuánto tiempo habría transcurrido desde que entré en letargo? ¿Diez años?, ¿Veinte?

Me acerqué al diario y abrí la última página para ver qué fecha ponía.

Veintitrés de febrero de 1526.

Me puse a buscar en el diario el día en el que me dejaron en letargo.

Dieciséis de agosto de 1444. El día de mi cumpleaños.

Por lo que como mínimo llevaba ochenta y dos años en letargo. Había oído rumores de antiguos vampiros que se pasaban siglos en el Sueño. Incluso yo lo había sufrido alguna vez, pero no más de seis meses.

Había una nota en la última página que no había visto antes. Parecía más reciente que el resto de hojas escritas y no estaba redactada en el mismo idioma ni estaba escrita con la misma caligrafía que el autor del diario.

Únicamente había una frase que decía: “Cuando despiertes, dirígete a la Catedral de Santa María”

A la nota le acompañaba una especie de boleto de entrada o invitación a un circo.

Todo era muy extraño, lo que me llevó a preguntarme quién la habría redactado, y el por qué.

Pronto lo averiguaría, ya que no tenía nada más que hacer aquí.

Así que me armé de valor y cogí mis pocas posesiones: el diario que cuenta mi vida, un vial de tinta, una pluma, un par de anillos de compromiso y una estatua de una santa griega.

Decidí salir de las catacumbas y aventurarme de nuevo en el mundo de los vivos, dispuesto a encontrar a los pocos amigos y familiares que aún quedaran con vida por estas tierras, si es que quedaba alguno.

Me puse a buscar una salida por toda la habitación y observé que una de las paredes del laboratorio tenía algunas grietas.

Me acerqué a ella y escuché el ulular del viento, así que decidí que me abriría paso por ahí hasta la superficie.

Después de derribar el muro a puñetazos y salir al exterior, me encontré en medio de una especie de excavación arqueológica.

Me extrañé de lo fácil que había sido abrirme paso y salir a la superficie, como si estuviera preparado para que alguien atrapado dentro saliera, o el muro lo hubieran hecho deprisa y corriendo.

Cuando salí al exterior vi un cartel escrito en romance valenciano que ponía:

“Restauració de l’antic leprosorium dels cavallers de Sant Llàtzer.”

Estaba escrito de una manera que me costaba entender. En mis años que había estado viviendo en Valencia, había aprendido a leer y a escribir el latín vulgar típico de estas tierras, pero ese cartel estaba escrito de una manera que me resultaba extraña.

Podría haberlo descifrado con un poco de paciencia y tiempo, pero tengo asuntos más urgentes que atender, así que continué mi marcha hacia la iglesia.

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