Avanzaba por la calle ensimismado en mis pensamientos y fascinado por la cantidad de cosas nuevas que estaba viendo.

Unas casas enormes y altísimas donde habrían de vivir cientos de personas.

Unos carros grandes y rojos e iluminados por dentro que transportaban una buena cantidad de personas en su interior.

Unas farolas que cambiaban de color, alternando entre el rojo, el verde y el amarillo dispuestas cada pocos metros y suspendidas a una gran altura por encima de la calle y en el que se detenían tanto los carros rojos como los animales devorapersonas.

Grandes carreteras que cruzaban por arriba y por abajo la vía en la que me encontraba.

Y las calles recubiertas de un extraño empedrado, más fino, liso y homogéneo que el que estaba acostumbrado ver.

 

Mientras continuaba por el camino hacia la catedral, maravillado, una voz me devolvió a la realidad.

La voz provenía de un hombre vestido con un uniforme de un color azul claro y con una gorra sobre la cabeza. Llevaba un palo corto a un lado y una especie de mini ballesta en el otro costado.

Salía del interior de uno de los animales de metal, pero este tenía estridentes luces que cambiaban de color entre el blanco y el azul en lo que sería la parte superior del lomo y unos enormes y refulgentes ojos.

Debía ser un macho importante de la manada. Parecía el equivalente, en esta especie, de los pavos reales.

 

  • Buenas noches caballero, ¿me puede indicar hacia donde se dirige?

 

  • Gute nacht, herr. Me dirijo a la Catedral de Santa María. ¿Podría indicarme si voy en la buena dirección? – aunque hablaba la lengua de Castilla, que yo entendía, su acento y expresiones me resultaban extraños

 

  • Claro que sí caballero – se me quedó mirando de arriba abajo – Suba al coche y yo mismo le llevaré. Tenga cuidado con la cabeza no se haga daño al entrar

 

Mientras me cogía la cabeza para que no me golpeara en un lateral del animal, tuvo la mala fortuna de que se me cayera hacia atrás la capucha, quedando al descubierto mi cráneo, con sus mechones de pelo blanco y lacio, los trozos de carne podrida compitiendo por el espacio con partes de hueso que asomaban entre las calvas de piel.

 

El guardia se asustó (¿Y quién no? A mí me costó acostumbrarme y eso que estoy curada de espanto) y emitió un grito de espanto, mientas desenfundaba la mini ballesta que llevaba en el costado y me apuntaba con ella.

 

Había descubierto que no era muy humano y eso me ponía en riesgo a mí y a otros como yo, así que no tuve más remedio que silenciarlo.

 

Lo paralicé tensándole todos los músculos del cuerpo, para después clavarle mis colmillos en la yugular y desangrarlo entero.

 

Después de muchos años, volví a sentir el olor de la sangre, a sentir su calidez en mi boca, su salado sabor me deleitaba el paladar y notaba como resbalaba garganta abajo, y aunque no era mi Bluttot, me sirvió para recargar energías.

 

Cuadno hube acabado con él, me arrodillé a su lado y recé una oración por el alma del guardia.

Al acabar, como no podía permitir que me descubrieran, vertí unas gotas de mi sangre sobre el cadáver y recitaba un encantamiento que se utiliza para deshacerte de los “paquetes” molestos:

 

Pulvis es et in pulverum reverteris

 

El cuerpo se deshizo completamente en polvo que se llevó el viento.

 

Me vestí con sus ropajes, para pasar más desapercibido y que los animales metálicos no me atacaran.

 

Recogí su palo y su ballesta para darle más realismo a la vestimenta y los puse en su lugar.

Me guardé mi túnica y mis calzones en una especie de fardo que encontré en el interior de la bestia, y continué mi camino hacia la Catedral.

 

La ciudad había cambiado muchísimo, era mucho más grande de como la recordaba y bullía de actividad nocturna.

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