Memorias

– Mi nombre es Henry Fitzpatrick, miembro del clan de las sombras – se presentó Henry –  Vengo de Valencia, España. No sé cómo he aparecido aquí. Hasta que sepa como volver a mi casa, estoy dispuesto a ayudar en lo que pueda

– Me llamo Noa Navratilova, soy del clan de los romaní. No sé dónde estoy y no me importa. ¿Puedo quedarme?

Malditos aficionados. La presentación estaba faltando a todas las normas de etiqueta. Menos mal que estoy yo para enseñarles como se ha de presentar uno y arreglar la falta de educación que han demostrado. Todo ese tiempo como senescal debe valerme para algo.

Me acerqué al gobernador e hice una reverencia.

– Mi nombre es Markus Johann Zellwegger-Guicciardini, miembro del linaje de Claudius Guicciardini. Hijo de Reynaldo Guicciardini. Provengo del ducado de Baviera en la Germania Inferior. Cuando era mortal, ejercía de médico y soy bastante capaz, también dispongo de capacidades de invocación y control de espíritus. He actuado como consejero y representante del barón de Burjassot ante el príncipe de Valencia. Como bien ha dicho mi compañero, no sabemos cómo hemos llegado a esta ciudad. Al no ser una visita planeada, no sé el tiempo que estaré aquí, pero hasta el momento en que me marche, todas mis habilidades están a vuestra plena disposición

Después de eso, retrocedí hasta mi sitio. Mientras volvía a mi sitio escuché a Noa decir: “Joder, menuda chapa nos acaba de dar”. Yo no les he dado nada. Y menos una chapa

– Bienvenidos a la ciudad de Träumerei – dijo el Senescal en castellano – Mi nombre es Bárroco, y soy el consejero del príncipe. Sois todos bienvenidos a la ciudad. En breve se os asignará un puesto adecuado a vuestras capacidades, y una zona de caza. Si no estáis de acuerdo, sois libres de marcharos. En esta ciudad todos, humanos y vampiros, trabajamos para salir adelante. Podéis retiraros

Durante toda la comparecencia el gobernador no había dicho ni una sola palabra. Ni siquiera nos había dicho que rango de poder ostentaba la ciudad. Sigue siendo algo muy extraño.

Hice una reverencia y me retiré. Cuando estaba saliendo de la habitación, el Senescal me dijo que me quedara, que quería hablar personalmente conmigo.

Salimos del Elíseo y el Senescal me indicó que nos dirigíamos hacia un gran edificio que se encontraba al este de la ciudad.

Parecía una especie de iglesia o monasterio.

– Bueno Markus, quiero hablar contigo – dijo el Senescal con un tono desenfadado – Necesito que alguien me haga un favor muy importante, y necesito que ese alguien sea de confianza

– Me halagáis señor, pero no nos conocemos de nada

– Tienes razón, pero tú y yo compartimos la misma sangre

– ¿Sois un Guicciardini?

– No. Soy del linaje de Ashur, pero no soy de la misma rama que tú

– ¿Sois un ladrón de tumbas entonces?

– No exactamente. Digamos que somos, primos. Primos lejanos

– Bueno, siempre es agradable encontrarse a un familiar, aunque sea un primo lejano. Y más cuando uno creía que estaba solo en el mundo. Estaré encantado de ayudaros en lo que pueda

– Ya sabía yo que la familia siempre se apoya. Aunque seamos familia lejana

Cuando dijo eso me quedé parado. “La familia siempre se apoya”. Esas palabras resonaron en mi mente. Y los recuerdos empezaron a golpearme, cada vez más intensos y dolorosos.

El encargo de mi tío y mi madre. La búsqueda de ladrones de tumbas por el mundo. La advertencia de Fray Guillaume. El ritual para abrir la puerta a las Tierras de la Sombra y la batalla final contra mi madre. La traición de Rocco y la destrucción de Irene. Si, la familia esta para apoyarse.

Me quedé mirando fijamente al senescal, y entonces lo vi. Él era como yo, un cadáver en putrefacción. Usaba algún tipo de hechicería o ilusión para camuflar su aspecto, y hasta que no me concentré no conseguí perforar su máscara.

Parece ser que al final no soy tan único y especial como pensaba Fray Guillaume.

– ¿Markus, te ocurre algo? – dijo Bárroco

– Nein, nein, mein Senescall. Simplemente estaba pensando en cosas del pasado. Y bien, ¿cuál es ese favor que queréis pedirme?

– No seáis tan impaciente, Markus. Esperad a que lleguemos al monasterio, y allí podremos hablar tranquilamente

– Como digáis

Después de caminar un rato por toda la ciudad, llegamos al monasterio. Era bastante grande, fácilmente podría albergar una comunidad de cien o doscientos monjes, pero se veían muy pocos, apenas una veintena. Extraño.

Aunque me resultó todavía más extraño que se refirieran a Bárroco como Abad. Y me sorprendió porque mi acompañante llevaba ropas laicas, nada que pudiera dar a entender que era un religioso.

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