Subimos a su despacho. Abrió la puerta y pasamos dentro.

– Pasa y siéntate, Markus

– Os escucho

– Al otro lado de la ciudad se encuentra un antiguo convento de monjas. Hace años sufrieron una purga porque se desviaron del camino y empezaron a hacer pactos y tratos con el Maligno. Custodiaban artefactos sagrados de gran poder. La mayoría de reliquias se recuperaron durante la purga, pero hay uno que me interesa especialmente. Pensaba que estaba perdido, pero han llegado a mis oídos rumores sobre un extraño fulgor verde que se ve en el interior del convento. Eso podría achacarse al Enemigo de no ser porque el artefacto que busco, el que no se recuperó, es una mano tallada en jade

– ¿Tallada en jade? Qué raro. Es un mineral demasiado poco noble

– Es algo extraño, pero esa reliquia se encontraba en este monasterio cuando yo llegué a la ciudad. No conozco su origen ni como acabó aquí. Se la entregué como regalo a las hermanas del convento cuando me nombraron Abad. Por eso me urge tanto recuperarla. Porque se la entregué a unas servidoras del diablo. Es mi responsabilidad traerla de vuelta

– ¿Y por qué no vais vos mismo a recuperarla? ¿O mandáis a la guardia de la ciudad?

– Está totalmente prohibida la entrada al convento. Por eso espero que entendáis que es un asunto de máximo secreto. Si consiguierais recuperarla os estaría eternamente agradecido

Me puse a sopesar los pros y los contras de la misión que me estaban encomendando.

– Acepto – respondí – Os echaré una mano

Es arriesgado saltarse una prohibición el primer día al llegar a una nueva ciudad, pero que un consejero del gobernador te deba un favor es algo que no se puede rechazar. Además, es lo más parecido a un miembro de linaje que me queda

– Muchas gracias, Markus. Estaré eternamente en deuda contigo – parece ser que no ha comprendido mi chiste. Es gracioso

– Bite schön. Pero la familia está para ayudarse, aunque seamos familia lejana. Por cierto, me gustaría haceros una pregunta

– Claro, Markus, la que quieras. Dispara

– Oh no, no podría dispararos. No soy de carácter violento, y además no voy armado

Bárroco se me quedó mirando unos instantes.

– Hazme la pregunta – dijo finalmente.

– ¿Cómo es que, siendo un laico, sois abad de un monasterio?

– Buena pregunta. Pero es algo que no sé. Parece ser que es una tradición que el abad de este monasterio sea alguien laico. Yo mismo me quedé muy sorprendido cuando me propusieron para el puesto. Es otra más de las curiosidades de esta ciudad. Ya te irás acostumbrando

– Si me disculpáis, me gustaría ir a echar un vistazo por la zona del convento

– Como quieras. He ordenado a algunos monjes que te preparen una habitación. Hasta que tengas un refugio seguro y permanente, puedes quedarte a dormir aquí

– Danke schön, primo. Gutte nacht

Salí del monasterio y me dirigí hacia el convento.