Memorias

Tenía que cruzar la ciudad de punta a punta para llegar al convento. Era un lugar muy vivo por la noche, demasiado vivo. Había mucha gente por la calle, comprando y vendiendo como si fuera a plena luz del día, por lo que debía extremar las precauciones para que nadie viera mi aspecto.

Afortunadamente, tengo una extraña habilidad para pasar desapercibido y que la gente no preste atención sobre mi presencia.

Después de un buen rato caminando y esquivando gente, llegué al convento.

Era un edificio imponente, no tan grande como el monasterio, pero también destilaba un aura extraña. Estaba rodeado por una altísima muralla. En la puerta había dos guardias, amén de una cadena con un cerrojo enorme.

Si quería entrar sin que me vieran, debía de ser por algún agujero en los muros.

Di una vuelta por el perímetro de la muralla para estudiar la situación y poder desarrollar un plan. Al acabar, vi un sitio por el que quizás podría colarme dentro.

Vi la rama de un árbol que se acercaba a una buena distancia al muro. Era demasiado fina para que sostuviera el peso de una persona normal. Pero afortunadamente yo no era normal. Debido al aspecto cadavérico y mi falta de carne sobre los huesos, era mucho más liviano que una persona normal. Quizás con algo de suerte podría alcanzar el muro y por allí colarme dentro.

Escalé el árbol. Me costó muchísimo esfuerzo. No estoy acostumbrado a esfuerzos físicos. Lo mío es más usar la cabeza.

Me acerqué a la rama y poco a poco a gatas me fui acercando hacía la muralla.

No había contado con que la rama se combaría por mi peso. En realidad, sí que lo había tenido en cuenta, pero debido a mi falta de experiencias arbóreas, no había contado con que la rama se doblara tanto.

Me había quedado más bajo que el borde del muro. Intentaba alcanzar la parte superior pero no llegaba, mis brazos eran demasiado cortos.

Se me ocurrió una idea. Empecé a balancear la rama arriba y abajo. Con cada balanceo estaba más cerca del borde.

Cuando estaba a punto de agarrarme al saliente, la rama se partió lanzándome hacia abajo. Di un pequeño salto para agarrarme al borde del muro. Me cogí con la punta de los dedos y debido a la inercia, me di un golpe muy fuerte en la cabeza. Si hubiera tenido nariz, seguramente me la habría partido. Suerte que yo no uso de eso.

Escalé como pude, y salté al otro lado.

Me encontraba en una especie de jardín, o debía de haberlo sido antaño, pero ahora estaba todo muerto y abandonado, y lo que no, había sido tomado por la maleza que había crecido de un modo descontrolado. Me gusta el estilo.

Las puertas y las ventanas estaban tapiadas, no se veía ninguna entrada.  Expandí mis sentidos a ver si veía alguna manera de entrar y entonces la puerta principal desapareció.

Me quedé mirando la entrada. Estaba claro que era una ilusión. Después de sopesar la situación, me armé de valor y decidí cruzarla.

Al traspasar el marco de la puerta, vi como en el interior se encontraban los restos de algo. Eran trozos de madera y astillas repartidas por todo el recibidor.

Parecían los restos de la puerta. Había sido revenada por una gran explosión.

Qué extraño. ¿Por qué querría alguien ocultar lo que le paso al portón de entrada?

Oí un ruido en el piso superior. Parece ser que no me encontraba a solas. Debo andar con cuidado.

Me dediqué a explorar la planta baja del convento para ver si encontraba la estatuilla que había venido a buscar. Iba a costarme bastante, ya que la luz de la luna se desvanecía rápidamente en el interior, y no me convenía encender una luz con la que advertir a los que se encontraban en el piso superior. Debía confiar en mis sentidos hiperdesarrollados.

El lugar estaba completamente abandonado, cubierto de una espesa capa de polvo.

No se veían restos de lucha ni de batalla. De hecho, era como si de repente todas las monjas hubieran desaparecido de su lugar sin dejar ningún rastro. Que purga más extraña.

Había una presencia extraña por todo el edificio. Tenía la sensación de que algo o alguien me vigilara. Me sentía como si estuviera invadiendo algo.

Me encontraba tan sumido en mis pensamientos que no oí como se acercaban por detrás.

De repente, algo me asustó, me giré e instintivamente le paralicé los músculos del cuerpo. Acto seguido le cogí un brazo y empecé a pudrírselo, cuando algo me hizo volver en mí. Exactamente un golpe en el cuello.

– Markus, para, somos nosotras. O tendré que darte otra colleja – era la voz de Vicky

Miré a quien tenía agarrado por el brazo y era Noa. Tenía la expresión paralizada en una sonrisa y con los brazos extendidos como si fuera a taparme los ojos. Uno de sus níveos brazos estaba siendo atacado por la corrupción y la podredumbre que salía de mi mano.

Tenía la sensación de que la cara de alegría de Noa no iba a durar mucho después de que le quitara la parálisis. Pero debía hacerlo. Y lo hice.

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