Capítulo Sexto: Este cuerpo no es el mío – Parte 4

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Memorias

Empecé a contarle como las estrellas eran los ojos de los ángeles y su tintineo era su manera de parpadear.

También le expliqué como la Tierra era el centro del universo, y las diversas teorías sobre el firmamento, como la de Eudoxio, llamado de las esferas homocéntricas, con un centro común y como la Tierra era imaginada inmóvil en el centro del Universo y los cuerpos celestes, fijados a siete grupos de esferas de dimensiones crecientes desde la más interna a la más externa: tres esferas pertenecían a la Luna, tres al Sol y cuatro a cada uno de los planetas conocidos, que son Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno, con un total de veintiséis esferas celestes.

Más tarde, Calipo, discípulo del anterior, con la finalidad de hacer funcionar mejor todo el conjunto, elevó a treinta y tres el número total de esferas.

En cambio, Aristóteles consideraba que las esferas, constituidas por una sustancia purísima y transparente, rodeaban realmente a la Tierra, teniendo engarzados como diamantes a todos los cuerpos celestes visibles.

En el intento de explicar el origen de los movimientos planetarios, Aristóteles pensó en una fuerza divina que transmitía sus movimientos a todas las esferas desde la más externa, o esfera de las estrellas fijas, a la más interna, o esfera de la Luna.

Sin embargo, esta idea se tradujo en una enorme complicación de todo el sistema, ya que aumentó de treinta y tres a cincuenta y cinco el número total de esferas, todas relacionadas entre sí.

Noa me miraba con cara de sorpresa. Es normal, viniendo de la cultura bárbara y sin civilizar de la que provenía todo esto sería nuevo para ella.

– Joder Markus, menuda chapa me estás dando. Que ya lo sé hombre… todo el mundo sabe que la Luna gira alrededor de la Tierra y ésta alrededor del Sol con los otros ocho planetas. No me vengas a dar una clase de astronomía ahora. Si es así como ligabais en tu época, no sé cómo os llevabais a las mujeres a la cama

– Un momento, ¿qué clase de herejía estáis diciendo? todo el mundo sabe que la Tierra es el centro del universo y todo gira alrededor de ella, lo dice la Biblia. Y que no hay ocho planetas, si no…

– Pero, ¿qué dices? ¿estás borracho o algo? No hace tiempo ni nada que se sabe que la Tierra es uno de los nueve planetas que giran alrededor del Sol.

– ¿Cómo que nueve? – pobrecita, no sabe de lo que estaba hablando, así que decidí no seguir por ahí la conversación – nos estamos desviando del tema, mein lieber Noa, simplemente hago lo que hace un caballero cuando empieza a cortejar a la mujer de sus sueños. Por cierto, tomad este presente. Es un collar. Cuando estéis en peligro, apretadlo fuerte y decid mi nombre – le di el collar con la parte de mi espíritu

– Sí, sí, lo que quieras, que chulo – dijo mientras se lo ponía despreocupadamente alrededor del cuello – Madre mía Markus, aburres hasta a las ovejas, entre tanta monserga ¿cuándo follabais en tu época?

– Pues eso no ocurría hasta el matrimonio, aunque había algunos libertinos que lo practicaban antes, pero eso es pecado. El cortejo es para demostrarle a una dama que tus intenciones son puras y serias y que tu interés por ella va más allá de lo puramente carnal. Tienes que cuidarla, protegerla, enseñarle de lo que eres capaz, hacerla sentirse amada y segura. Al menos así se hacía en mi tiempo

La expresión de Noa cambio a una de asombro. Se calló durante unos instantes.

– No me parece mala idea lo que propones Markus, pero sabes, hoy me apetece hacerlo como lo hacemos en esta época

– Como deseéis mi señora, ¿y en vuestra época, como se hace el corte…?

No me dejó terminar la frase. Se abalanzó sobre mí y me besó. Fue un beso largo y cálido. Ya no recordaba cómo era besar a la persona amada. Noa también parecía disfrutar del momento.

No sé cuánto tiempo estuvimos así, pero no me importaba, yo hubiera estado toda la eternidad. Cuando terminamos, Noa me cogió de la mano y nos dirigimos al monasterio.

Subimos a mis aposentos e hicimos el amor varias veces. Cuando terminamos me puse a analizar la situación. No comprendía como Noa había disfrutado tanto con el sexo, yo apenas había sentido nada. A menos que fuera porque ella si recordaba que se sentía de cuando era mortal, o quizás estaba relacionado con el ritual fallido y este cuerpo que había ocupado. Si debía de ser eso. Por eso yo no sentía apenas nada.

Me giré y la vi. Ahí estaba tumbada boca arriba, recuperando el aliento. No es que lo necesitara, era un reflejo, un recuerdo, de lo que sentía cuando era mortal.

Su cuerpo estaba cubierto de gotas de sudor. Le pasé la mano por encima y noté como su piel desprendía calor. También oí el palpitar de su corazón debajo de sus redondos y perfectos senos. Había activado las funciones corporales.

Claro, como he podido ser tan estúpido. Si no activas tus funciones corporales, no podrás disfrutar y sentir como lo hace un mortal. Lástima que yo no recuerde como se hace eso. Nunca me había hecho falta. Tendré que decirle que me enseñe a hacerlo.

– Vaya con el alemancito – dijo Noa – Veo que te has quedado con ganas de más

La miré mientras le acariciaba el pecho suavemente con mi mano.

– Menudo vicioso estás hecho. Ven aquí

Me agarro del cabello y me besó.  Continuamos haciendo el amor unas cuantas veces más.

Tengo que aprender a activar mis funciones corporales. No sé cuánto tiempo tardara Noa en darse cuenta de que mi miembro viril se pone enhiesto gracias mi control sobre las partes del cuerpo, y no de la manera natural.

Y maldita sea, quiero saber que se siente y disfrutar como disfruta ella.  Pero eso será mañana. Que está a punto de amanecer y debemos descansar. Creo que va a ser la primera vez en siglos que dormiré en una cama. No lo hacía desde el incidente en castillo del Voivoda Duabyakosky.

Sobre el Autor



Me dicen que soy muy serio pero es Bromo. Soy un protón, siempre positivo